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Bélgica y Francia
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Escrito por Melek Arévalo   

Al entrar a la iglesia, decidí ir a sentarme en la última banca. El tiempo de alabanza comenzó y la gente empezó a cantar fuerte y a levantar las manos. En mi interior no paraba de criticar a cada una de esas personas, pues para mí parecían locas.

Después, de lo que para mí fue una interminable media hora, pasó un hombre al frente para hablar. Fue allí cuando algo me ocurrió.

Fue sentada en mi banca, sola, que de repente sentí una presencia muy real a la par mía, como si alguien se hubiese sentado a mi lado. Era tan fuerte que no me atrevía a voltear la cabeza para ver quién era. Sentía algo muy extraño pues no tenía idea de lo que me estaba pasando. En la iglesia todo seguía igual pero en mí, algo estaba pasando. De la nada empecé a ver imágenes en mi mente, como si alguien me hiciera ver diapositivas de cada pecado que había cometido en mi vida. Empezando desde niña hasta ese mismo día. Lo increíble es que cada vez que miraba una imagen sentía la necesidad urgente de pedir perdón, y cada vez que lo hacía sentía como si me elevara a un nivel más alto de libertad en mi interior.

Cuando pedí perdón por el último de mis pecados, todo regresó a la normalidad. Como si nada hubiese pasado. La prédica había terminado y el servicio de la iglesia estaba en su fin. Me levanté y salí de la iglesia. Algo me había pasado!!

Estaba convencida de que nadie entendería lo que me había ocurrido, por lo que decidí no contarlo a nadie. Para mí no había ninguna relación entre lo que me había sucedido y la iglesia. Lo que para mí era seguro es que sentía un gozo y una felicidad como nunca lo había experimentado antes. 

Dios había tocado, cambiado y liberado mi corazón.

Al regresar a Suiza, le dije a mi primo que ahora sí estaba interesada en ir con él a ese campamente cristiano al cual me había invitado antes. Así fue como una semana más tarde nos embarcamos en un viaje de unas 15 horas en carro hacia el sur de Francia. 

Al llegar al campamento, todo era muy nuevo y raro para mí. Durante los servicios, el predicador invitaba a la gente a pasar al frente para recibir algo más de Dios. Yo sabía que necesitaba algo más de Él, pero no tenía idea de qué era. Pasé al frente innumerables veces pero nunca recibí nada. Me regresaba a mi tiendita de campaña, sola, frustrada y sin saber qué hacer, más que escribirle cartas a Jesús.

Después de varios días y de tres cartas escritas a Jesús, hubo una reunión de jóvenes a la cual asistí. Cantamos y oramos durante bastante tiempo, hasta que el pastor de jóvenes preguntó si alguien quería oración. Sin darme cuenta yo ya tenía la mano levantada y el pastor empezó a orar por mí. No puedo describir con palabras lo que pasó después. Dios estaba ahí, y me tocó. Fue un momento increíble que cambió mi vida para siempre. Cuando salí de esa sala, y vi los árboles y el cielo, todo era de color mucho más intenso! Me sentía cambiada por dentro… Jesús me había dado un nuevo corazón, unos ojos nuevos y un sentir nuevo!

Llamé a mi mamá para contarle mi alegría, y ella simplemente me dijo: “Te entiendo mi hija, te entiendo.”

Cuando regresé a casa, en España, la situación cambió un poco. Por un lado estaba maravillada porque mi mamá me contó que Dios le había tocado también de la misma forma, una semana antes. ¡Qué increíble!

Pero por otro lado, la situación en la casa estaba muy tensa, pues mi papá pensó que nos habían “lavado el coco” y que ahora pertenecíamos a una secta.

Fueron dos años bastante difíciles pero de mucho aprendizaje y que dieron un enorme fruto…el encuentro de mi papá con Dios. En estos dos años también contamos con el encuentro personal e increíble también de mi hermano con Jesús.

Éste es mi testimonio de cómo conocí a Jesús. Dios ha hecho grandes cosas en mi vida y la vida de mi familia, por lo cual siempre le seré agradecida. Conocer a Dios es lo mejor que le puede pasar a alguien, y eso deseo para ti.

Si tienes dudas de tu convicción de ser salvo, o de haber realmente conocido a Dios, te invito a leer un artículo que escribí, titulado “¿Eres salvo?”.

Que Dios te bendiga grandemente!